LA LEYENDA DE LOS ALMENDROS EN FLOR

(Por Pablo Burgués)

Dios, que es ese señor con barba y un cartabón volando sobre la cabeza, recibió la titánica misión de levantar el universo en tan solo seis días. Pues mira tú si era apañao el tío, que no sólo entregó las llaves del chiringuito en la fecha acordada, sino que además le sobró tiempo para instalar un montón de elementos extra fuera de plano por aquí y por allá. Dos de estos extras son los encargados de anunciarnos cada año que la primavera ya está aquí: El Corte Inglés y la flor del almendro. Del primero no tengo mucho que decir ya que en Ibiza no tenemos de eso. Sin embargo, almendros tenemos a patadas y existe una contrastadérrima leyenda que nos cuenta por qué.

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Hace mucho, pero mucho tiempo, vivía por esta isla un rey moro con riquezas sin fin. A pesar de su opulenta vida, el tipo estaba un poco pluf porque todavía no había encontrado una buena moza con la que hacer sofá, serie y mantita en los fríos domingos de invierno. Harto de esta situación ordenó a uno de sus soldados (al que llamaremos Tinder) que viajara por el mundo palante y que no regresase a palacio hasta encontrar a una hermosa mujer dispuesta casarse con su majestad.

Tras largos meses de vete y ven, carromato parriba y carromato pabajo, el aguerrido soldado regresó a la isla acompañado de una hermosísima princesa procedente del norte de India. La verdad que el primer contacto entre los prometidos fue un poco frío y distante, ya que ella se cabreó bastante al comprobar que el rey era 15 años más viejo que en la foto que le había enseñado Tinder. Pero bueno, el roce hace el cariño y poco a poco el mosqueo inicial fue dando paso al amor desmedido. Y un par de semanas más tarde los dos tortolitos ya iban por la novena temporada de The Big Bang Theory.

Pese a todo el amor que se profesaban, había un detalle que aún ponía muy triste y melancólica a la princesa y era el hecho de que ya nunca más volvería a ver la hermosa nieve que cubría las montañas del norte de la India.

El rey, muy preocupado por este hecho y sabedor de que con todo el rollo del calentamiento global cada vez iba a estar más chungo que nevara en Ibiza, mandó llamar a los sabios de la corte con la esperanza de que estos señores con gafas encontraran una solución. Tras mucho pensar y pensar la encontraron y el rey prometió a la princesa que antes de la próxima primavera sus lindos ojos podrían ver la nieve a través de su ventana. Como era de esperar, la muchacha pensó que su majestad había estado de nuevo dándole al licor de hierbas y no le hizo demasiado caso.

Sin embargo, una soleada mañana de febrero el rey fue a despertar a la princesa a su alcoba y le dijo: “Amada mía, abrid la ventana y como os prometí, desde ella podréis ver de nuevo la nieve”. La princesa se asomó y asombrada descubrió que el valle estaba completamente cubierto por el manto blanco de la flor de cientos y cientos de almendros que el rey había ordenado plantar para ella.

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Aquella maravillosa imagen hizo que la futura reina se sintiera por fin como en casa y ya nunca jamás de los jamases volvió a sentir morriña.

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